"Tiene que verle", dice Ursula Prass por teléfono y me convence para irme a Düsseldorf a la escuela de Judo a pesar de un resfriado y de huelgas inminentes en el transporte público. Esta escuela de Judo la fundó su marido en el año 1949 en la ciudad de Düsseldorf que entonces estaba en ruinas.
El tiempo pasa volando. El gran maestro, como le llaman, me enseña las salas donde los 1400 miembros practican durante todos los días de la semana Judo, Karate, Jiu Jitsu, Tan Chi, Quigong y Ki Jitsu, una disciplina que fue desarrollada por él. En la entrada, que también es cafetería y oficina, cuelgan miles de diplomas y fotos que durante los casi 60 años se han acumulado junto a otros objetos. Durante la guerra fue gravemente herido y perdió un ojo. Casi dos años después de su regreso de Rusia, luché por poder enseñar Judo que entonces estaba prohibido por las fuerzas aliadas. En 1948 recibió una autorización excepcional de las autoridades de ocupación británicas, después de que durante un año y medio se hubiese presentado allí en las oficinas casi cada día. Su firme voluntad de devolver un poco de autoestima a la gente de la ciudad de Düsseldorf que se encontraba destrozada, le dio las fuerzas para ganar finalmente la batalla que parecía imposible de ganar y además recibir incluso 50 m2 de tela para los imprescindibles tatamis. "Y todo ello en un tiempo en el que apenas se podía conseguir una manta", dice Ludwig Prass y sonríe radiante, recordando el momento en que tuvo la tela en sus manos.
Aun hoy le importa la gente que viene a la escuela de Judo, sobre todo últimamente la gente mayor. Hay varios grupos de mujeres y hombres entre 40 y 89 años que practican según sus instrucciones. "Quiero que los hombres mayores vayan por la calle con la cabeza levantada y no se dejen arrastrar aparte o acobardar por los otros". "Una actidud consciente de sí mismo, pero no arrogante, es la mejor protección ante una agresión, porque nuestra postura del cuerpo envía señales, aun sin ser conscientes de ello". "Yo no estoy sin valor y no estoy sin defensas". Esta es la actidud que quiere enseñar a todas las personas del grupo, tanto a los jóvenes como a los mayores.
Yo tengo la experiencia de que con una manipulación sencilla de la mano, muchas veces tan solo con el meñique, puedo defenderme, gracias al 10 dan que recibió el gran maestro. "Esto no es brujería", me explica, al mirarle desconcertadamente, "esto es trabajo duro".
No piensa en retirase, pero se alegra mucho de que sus tres hijos trabajen en la escuela y continuen su obra. Su mujer también enseña en la escuela, especialmente Tai Chi y Quigong lo que goza gran popularidad entre mujeres mayores.
Personas que intervienen plenamente a favor de una cosa, me fascinan. Ludwig Prass es una de estas personas. Una persona que apasionadamente y curiosamente investiga todas las cosas y que con sus 89 años busca nuevos métodos para trabajar con la gente mayor. Un hombre impresionante con una profunda responsabilidad Me gustaría ser su alumna.
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